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La Gaviota

—No, por cierto—exclamó el artista—. Es mi Alonso Pérez de
Guzmán, elBueno: el héroe de mis sueños.
El otro francés se encogió de hombros.
Llegado el buque a Cádiz, el español se despidió de Stein.
—Tengo que detenerme algún tiempo en Andalucía—le dijo—
. Pedro, micriado, os acompañará a Sevilla, y os tomará asiento
en la diligencia deMadrid. Aquí tenéis una carta de
recomendación para el ministro de laGuerra, y otra para el
general en jefe del Ejército. Si alguna veznecesitáis de mí, como
amigo, escribidme a Madrid con este sobre.
Stein no podía hablar de puro conmovido. Con una mano
tomaba las cartasy con otra rechazaba la tarjeta que el español le
presentaba.
—Vuestro nombre está grabado aquí—dijo el alemán
poniendo la mano enel corazón—. ¡Ah! No lo olvidaré en mi
vida. Es el del corazón másnoble, el del alma más elevada y
generosa, el del mejor de los mortales.
—Con ese sobrescrito—repuso don Carlos sonriendo—,
vuestras cartaspodrían no llegar a mis manos. Es preciso otro
más claro y más breve.
Le entregó la tarjeta, y se despidió.
Stein leyó: El duque de Almansa.
Y Pedro de Guzmán, que estaba allí cerca, añadió:
—Marqués de Guadalmonte, de Val-de-Flores y de Roca-Fiel;
conde deSanta Clara, de Encinasola y de Lara; caballero del
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