La expresión predominante de su rostro en aquel momento era la de unorgulloso desdén. A esto contribuía
quizá la luz del sol, que leobligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; enaquel rostro
no había dulzura. Debajo de sus líneas correctas y firmesse adivinaba un espíritu altivo, sin ternura.
Aquellos ojos azules noeran los serenos y límpidos que sirven de complemento adorable a
ciertasfisonomías virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro país ymás a menudo en el norte
de Europa. Estaban hechos, sin duda, paraexpresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quizá alguna
veztocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde ymudo que se resigna a morir
ignorado. Llevaba en la cabeza un sombreroapuntado, de color rojo, con pequeño y claro velo, rojo
también, que lellegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuían adar al rostro el matiz
extraño que impresionaba a los que a su ladocruzaban. Vestía rico abrigo de pieles, con traje de seda del
color delsombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era porentonces la última moda.
Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de losojos: éstos posados en el suelo, como
quien nada tiene que ver ni partircon lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle deJorge
Juan, no advirtió la presencia de un joven que desde la aceracontraria y caminando a la par con ella la
miraba con más admiración aúnque curiosidad. Al llegar aquí, sin saber por qué, levantó la cabeza ysus
ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bienperceptible de disgusto siguió a tal
encuentro. La frente de la dama sefrunció con más severidad y se acentuó la altiva expresión de sus
ojos.Apretó un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda sedetuvo y miró hacia atrás, con
objeto sin duda de ver si llegaba untranvía. El mancebo no se atrevió a hacer lo mismo: siguió su camino,
nosin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil señora nose dignó corresponder. Llegó al fin el
coche, montó en él dejando ver,al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fué asentarse
en el rincón del fondo. Como si se contemplase segura y librede miradas indiscretas, sus ojos se fueron
serenando poco a poco y seposaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje había;mas no
desapareció del todo la sombra de preocupación esparcida por surostro, ni el gesto de desdén que hacía
imponente su hermosura.
El juvenil admirador no había renunciado a perderla de vista. Siguió,cierto, por la calle de Recoletos abajo;
mas en cuanto vió cruzar eltranvía se agarró bonitamente a él y subió sin ser notado. Y procurandoque la
dama no advirtiese su presencia, ocultándose detrás de otrapersona que había de pie en la plataforma, se
puso con disimulo acontemplarla con un entusiasmo que haría sonreír a cualquiera. Porqueera grande la
diferencia de edad que había entre ambos. Nuestro muchachoaparentaba unos diez y ocho años. Su rostro
imberbe, fresco y sonrosadocomo el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves ytristes.
Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba seruna persona distinguida. Iba de riguroso
luto, lo cual realzabanotablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnética que losojos poseen y
que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardomucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio
donde el joven vibrabarayos de admiración apasionada. Tornó a nublarse su rostro; volvió aadvertirse en
sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobrechico la injuriase con su adoración. Y ya desde
entonces empezóclaramente a dar señales de hallarse molesta en el coche, moviendo lahermosa cabeza ora
a un lado, ora a otro, con visibles deseos deapearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San José, frente a cuya
iglesiahizo parar y bajó, pasando por delante de su perseguidor con unaexpresión de fiero desdén capaz de
anonadarle.
O muy temerario era o muy poca vergüenza debía de tener éste cuandosaltó a la calle en pos de ella y
comenzó a seguirla por la delCaballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejordisfrutar de
la figura que tanto le apasionaba. La dama seguíalentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos
hombrescruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar porun momento del trono de
nubes para recrear y fascinar a los mortales,que al mirarla se embebían y daban fuertes tropezones.
—¡Madre mía del Amparo, qué mujer!—exclamó en voz alta un cadeteagarrándose a su compañero como
si fuese a desmayarse del susto.
La hermosa no pudo reprimir una levísima sonrisa, a cuya luz se pudopercibir mejor la peregrina belleza de
que estaba dotada. En carruajedescubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludoreverente, al
cual respondió ella con una imperceptible inclinación decabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de
San Luis, se detuvovacilante, miró a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebole volvió la
espalda con ostensible desprecio y comenzó a descender conmás prisa por la calle de la Montera, donde su