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La Desheredada

que se alejaba para siempre. Lanotabilísima alteración de
las facciones del anciano alarmó a Miquis, elcual respondía
con muda expresión de desconsuelo a las
apremiantesinterrogaciones de Emilia.
«¿Pero esto es embriaguez... o qué?...»—preguntó la
atribulada hija.
Y al oírlo D. José se reanimó de súbito, como la llama
moribunda que serevuelca en las tinieblas; echó su espíritu
un resplandor de vida, ymoviendo la lengua, no menos
pesada que la de una campana, dijopausadamente estas
palabras:
«La hurí ha bajado a los infiernos, y yo voy... en busca
suya».
A la sazón entraron algunos vecinos, y se ofrecieron a
prestar losservicios propios del caso. Miquis, sin dejar de
tomar disposiciones,veía que los remedios serían inútiles.
Cerca ya del fin, el espíritu deD. José volvió a
relampaguear, diciendo con expresión enamorada
ycaballeresca:
«La amé y la serví... Fui su paladín... Mas ved aquí que la
ingrataabandona la real morada y se arroja a las calles.
Vasallos, esclavos,recogedla, respetad sus nobles hechizos.
Tan celestial criatura es parareyes, no para vosotros. Ha
caído en vuestro cieno por la temeridad dequerer
remontarse a las alturas con alas postizas».
Oyendo estos disparates, Emilia era un mar de lágrimas.
Miquis la llevóa un cercano aposento, y en él la encerró
con el pobre Riquín, quetambién lloraba, para que ambos
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