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La Desheredada

Pidió a la celadora con vivasinstancias la llave del coro, y
se fue a él sola, decidida a hacer unacto espiritual que diese
salida y respiro al dolor condensado en suseno. En el coro
hizo tentativas de rezo, puesta de rodillas y mirandoal altar.
La cavidad sosegada, ancha y blanquecina del templo
ofreció ala tensión de su espíritu un alivio dulce y lento;
pero cuando másrecogida estaba, se le desvaneció la
cabeza, inclinose de un lado, y noteniendo tiempo para
asirse a la reja, cayó al suelo sin sentido.
Cuando la llevaron a su cuarto, el volver en sí fue la
vuelta de ladesesperación y de los gritos; pero ya no se
acordaba de la religión,sino de la libertad, y decía:
«Que me saquen de aquí. Señor Nones, yo firmaré lo que
usted quiera contal que me saquen de esta basura. Quiero
aire, calle, mi baño, mi casa,vestirme como debo, y ser
honrada y feliz».
Después, sin poder apartar de su mente el crimen de su
hermano,increpaba a este con las frases más duras. Algo
había en lo íntimo de suser que representaba como una
tímida aprobación del intento de Mariano,si no de la forma
en que fuera realizado. Pero no, el crimen y labarbarie no
hallarían jamás en su espíritu benevolencia ni simpatía.
Suhermano era un bandido incorregible; ella era una mártir
angelical. Loque principalmente anhelaba ya era libertad,
libertad aun sin nobleza,porque el papel de María
Antonieta en la Conserjería, con ser muypoético, empezaba
a serle odioso. El mal olor de su inmundo asilo, lafalta de
comodidades, el detestable comer y peor vestir, eran
contrariosa su naturaleza aristocrática, y la misma corona
del martirio, con todosu nobleza y su resplandor de gloria,
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