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La Desheredada

resonante. Principalmente la idea de que todo el mundo
seocuparía de él dentro de poco le embriagaba, le hacía
sonreír con ciertomodo diabólico y jactancioso. La
aberración de su pensamiento le llevabaa las
generalizaciones, como en otros muchos casos en que la
demenciaparece tener por pariente el talento. El mismo
criminal instinto leayudaba a personalizar, y en efecto,
siendo tan grande y múltiple elenemigo, ¿cómo aspirar a
castigarle, sin hacer previamente de él unasola persona?
Rumor de voces, cornetas y músicas anunciaban que el
gran cortejo volvíade Atocha. Levantose Mariano, y por la
calle de Ciudad—Rodrigo ganó lacalle Mayor y la plaza de
la Villa. Multitud, tropa, caballos,uniformes, penachos,
colores, oropeles y bullicio le mareaban de talmodo, que no
veía más que una masa movible y desvaída, semejante a
loscambiantes y contorsiones del globo de agua que había
estado mirandomomentos antes. Se le nublaron los ojos, y
apoyándose en un farol, dijopara sí: «Que me da, que me
da». Era el ataque epiléptico, que seanunciaba; pero tanto
pudo su excitación, que lo echó fuera, irguió lacabeza, se
sostuvo firme...
Pasó un momento. Nunca había sentido más energía, más
resolución, másbríos. El ruido de las músicas le
embriagaba. Vio pasar uno y otrocoche. Cuando llegó el
que esperaba, Mariano era todo ojos. Miró bien...En el acto
sacó de debajo de la blusa una pistola vieja, y apuntando
conmano no muy firme, salió el tiro con fugaz estruendo...
Movimiento yestupor en la muchedumbre, gritos, pánico,
sacudidas. La bala seestrelló en la pared de enfrente sin
hacer daño a nadie, y el autor delinfame atentado cayó en
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