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La Desheredada

—I—
¡Generoso señor aquel que evitó a Isidora la angustia y el
bochorno dela sala común, apresurándose a pagar la
miserable cuota! ¿Quién eraaquel ser benéfico que
practicaba la caridad tan oportuna y noblemente?La
agraciada no le conocía más que de haberle visto dos o tres
veces enel cuarto de su vecina (una tal Antoñita Surupa,
que por ciertosporrazos, calificados de lesiones graves,
estaba en la casa purgando laimpetuosidad de su naturaleza
meridional), y por lo mismo que era tansuperficial el
conocimiento, era mayor su gratitud. Al día siguiente
deaquel rasgo, merecedor de los mayores encomios, el
autor de él,Frasquito Surupa, a quien por mote llamaban
Gaitica en círculos queapenas es lícito nombrar, visitó
solemnemente a Isidora.
Según él mismo dio a entender, era persona notable y
acaudalada, hombrede gran mérito, que todo se lo debía a sí
mismo, pues abandonado de susnobles padres y
desheredado por sus nobilísimos abuelos (¡miserias
ybribonadas del mundo y de la ley!), había tenido que
crearse unaposición con su ingenio y su trabajo. Motivos
diferentes halló Isidoraen su nuevo amigo para sentir hacia
él simpatía y antipatía, enporciones casi iguales, porque si
bien aquello de ser hijo natural yabandonado, víctima del
egoísmo de sus padres, le hacía sobremanerainteresante, en
cambio sus modales y su lenguaje eran de lo más soez
ychabacano que imaginarse podría. Su figura hermosa,
juvenil y hastacierto punto elegante, que recordaba la de
Joaquín Pez, perdía todas susventajas con lo que del alma
salía a los labios de tan singularcriatura, en esa florescencia
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