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La Desheredada

amparado. La he conocido estos días, cuando heido al
Modelo a ver a una prima que está allí por unas roías
lesiones...Tu hermana es muy guapa. La he amparado; la vi
muy afligida porque se lehabía acabado el dinero y tenía
que pasar a la sala común. ¡Roer!, ¡unhombre como yo ver
esas cosas!... Al momento arreglé con el alcaide elpago del
cuarto. Yo soy un hombre generoso, un caballero que sabe
gastarlas roías pesetas en beneficio del pobre y
necesitado... Tu hermana esmuy buena y muy señora. Voy
a visitarla todos los días y a ofrecerle misservicios. ¡Oh!,
no es como tú, que eres de lo que llaman un parásito,la
polilla del orden social, un vago. Tú y tus compañeros
debéis serexterminados, porque la roía sociedad..., en fin,
yo me entiendo.Márchate. ¡Roer!, ¿qué haces ahí como una
estatua? Tú no tienesinteligencia, no comprendes lo que yo
hablo... Abur».
En el cerebro de Mariano se repercutían, como
vibraciones de unacampana, aquellos execrables conceptos,
que son fiel copia de los textosauténticos del célebre
Gaitica. Conocido de todo Madrid, este tipo havenido a
nuestra narración por la propia fuerza de la realidad.
Elnarrador no ha hecho más que limpiar todo lo posible su
lenguaje altranscribirlo, barriendo con la pluma tanta
grosería y bestialidad, parano dejar sino la escoria
absolutamente precisa.
Cuando Mariano se retiró aquella noche a su miserable
alojamiento,después de vagar toda la tarde y parte de la
noche por las calles sintomar alimento, sufrió un ataque
epiléptico. Parecía que se desbaratabaen horrorosas
convulsiones, y se mordió las manos y se golpeó
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