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La Desheredada

de sombra. Era como un grantúnel, del cual no se distinguía
sino la parte escasamente iluminada porla boca. El fondo se
perdía en la indeterminada cavidad fría de uncallejón
tenebroso. En la parte clara de tan extraño local había
grandesfardos de cáñamo en rama, rollos de sogas blancas
y flamantes, trabajopor hacer y trabajo rematado, residuos,
fragmentos, recortes maltorcidos, y en el suelo y en todos
los bultos una pelusa áspera,filamentos mil que después de
flotar por el aire, como espectros deinsectos o almas de
mariposas muertas, iban a posarse aquí y allá, sobrela ropa,
el cabello y la nariz de las personas.
En el eje de aquel túnel que empezaba en luz y se perdía
en tinieblas,había una soga tirante, blanca, limpia. Era el
trabajo del día y delmomento. El cáñamo se retorcía con
áspero gemir, enroscándose lentamentesobre sí mismo. Los
hilos montaban unos sobre otros, quejándose de latorsión
violenta, y en toda su magnitud rectilínea había
unestremecimiento de cosa dolorida y martirizada que
irritaba los nerviosdel espectador, cual si también, al través
de las carnes, losconductores de la sensibilidad estuviesen
sometidos a una torsiónsemejante. Isidora lo sentía de esta
manera, porque era muy nerviosa, ysolía ver en las formas
y movimientos objetivos acciones yestremecimientos de su
propia persona.
Miraba sin comprender de dónde recibía su horrible
retorcedura la sogatrabajada. Allá en el fondo de aquella
cisterna horizontal debía deestar la fuerza impulsora, alma
del taller. Isidora puso atención, y enefecto, del fondo
invisible venía un rumor hondo y persistente como
elzumbar de las alas de colosal moscardón, zumbido
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