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La Desheredada

sonambulismo. Veía las cosas, las tocaba,preguntaba, y aun
respondía como cediendo a una fuerza mecánica. Noestaba
segura de hallarse despierta, ni de que fuese realidad lo que
lepasaba; iba y venía medio ciega, mareada, con algo en el
cerebro, entrejaqueca y manía, sorprendiéndose de ver
cómo brillaban instantáneas,sobre la densa lobreguez de su
pena, algunos relámpagos de alegría.Rindiola el cansancio
después de medianoche; se acostó vestida, cerrólos ojos
tratando de adormecer el dolor de cabeza, y entonces
revivióbajo su cráneo, entre la vibración de los nervios
encefálicos, todo loacaecido desde que el escribano se
presentó en su casa para prenderla.Veíase en el coche de
alquiler que los condujo a la calle de Quiñones,donde está
el vulgar y triste edificio llamado Modelo con
descaradaimpropiedad; el coche paraba junto a una puerta
en la cual había unsoldado de guardia, y más a la izquierda
un grupo de pobres disputándoselas sobras del rancho de
las presas.
Isidora y el escribano entraban en un vestíbulo nada
espacioso; salía arecibirlos un empleado con gorra
galoneada, traspasaban un cancel decristales, y volviendo
un poco a la derecha, encaraban con una puerta depesados
cerrojos, sobre la cual se leía en letras negras la
palabraRastrillo. Una mujer de edad madura abría la
puerta, Isidora pasaba,subía por la gran escalera
blanqueada, y al llegar a lo alto miraba elletrero de la Sala
primera; y echando la vista por el hueco, veía unclaustro
grande y luminoso, en cuya capacidad sesteaba, tomando el
sol,el más bullicioso y pintoresco ganado femenino que se
pudiera imaginar.La idea sola de tener que vivir entre
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