Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

La Desheredada

¡quéduras carnes!—añadió pellizcándola en diferentes
partes de su cuerpo—. Yen la cara tienes ángel. De ojos no
andamos mal. ¡Qué bonitos dientestienes! Veremos si te
duran como los míos. Mírate en este espejo».
Y le enseñó su doble fila de dientes, muy bien
conservados para su edad.Isidora se aburría un poco.
Mirando con tristeza a la calle, preguntó:
«¿En dónde está trabajando Mariano? Yo quiero verle.
—Si la vecina no tiene que hacer y quiere guardarme la
tienda, iremosallá. No es a la vuelta de la esquina; pero yo
ando más que un molino deviento... ¡Señá Agustina!...».
Gritó desde la puerta; pero como no respondiera al
llamamiento suvecina, salió impaciente. No tardó cinco
minutos en volver acompañada deuna mujer joven y
flacucha, insignificante, lacrimosa, horriblementevestida,
pero peinada con increíble esmero. Aquella gente tiene su
lujo,su aseo y su elegancia de cejas arriba, y aunque se
cubra de miserablestrapos, no pueden faltar el moñazo
empapado en grasa y bandolina, ni losrizos abiertos y
planchados sobre la frente, como una guirnalda denegras
plumas, pegada con goma. Arrastraba aquella mujer una
astrosabata de lana roja con cuadros negros, que parecía
haber servido dealfombra en un salón de baile de
Capellanes.
«Guárdeme la tienda un ratito—le dijo la
Sanguijuelera—, que voy conmi sobrina a un recado... ¿No
conocía usted a mi sobrina? ¿Ve usted quémoza?... Isidora,
esta señora es una amiga..., pared por medio. Se llamala
señora A ti suspiramos, porque no resuella como no sea
Remove