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La Desheredada

En el famoso pleito de filiación había terminado la
prueba; variostestigos habían declarado y ambas partes
respondido a infinitaspreguntas, repreguntas y posiciones;
una bandada de golillas revoloteabaen torno a las ramas de
aquel árbol de escaso fruto; se había presentadoel alegato
de bien probado; se aproximaba la vista, a que seguiría
lasentencia, y con esto la demandante se las prometía muy
felices. Verdadque en la prueba, llamada Isidora a
manifestar algún recuerdo de suniñez por donde se viniera
a aclarar su nacimiento, no pudo suministrarnoticia alguna
que ayudara eficazmente a su defensa.
Las declaraciones de los testigos eran desacordes y
confusas por todoextremo. Un tal Arroyo, del Tomelloso,
amigo del Canónigo y de TomásRufete, confirmaba la
pretensión de Isidora. Un tal Arias depuso entérminos
diametralmente opuestos, y D. José de Relimpio,
llamadotambién, declaró en términos categóricos a favor de
la que llamaba suahijada; mas su declaración, falta de
solidez, daba lugar a dudas acercade la sinceridad del
anciano. Sobre tan misterioso asunto, él no sabíagran cosa.
Sabía, sí, y esto no podía dudarlo, que en 1851 había
sacadode pila a una niña, hija de Tomás Rufete. A los seis
meses no cabales,Relimpio y Rufete riñeron por cuestión
de una pequeña herencia yestuvieron siete años sin hablarse
ni tener trato ni comunicaciónalguna. Hechas las paces al
cabo de tan largo tiempo, ambas familiasvolvieron a entrar
en relaciones. Entonces vieron los de Relimpio que encasa
de Rufete había dos niños, Isidora y un varoncillo de dos
años.Tomás dijo a Relimpio con misterio que su hija había
muerto y queaquella que vivía y el niño se los había dado a
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