Not a member?     Existing members login below:

La Desheredada

Miquis cerró los ojos para no verla. Si la veía un
momento más estabaperdido... Por lo que, sin añadir una
palabra, echó a correr fuera delgabinete y de la casa.
Iba por la calle adelante, satisfecho de su triunfo, cuando
sintiórápidos y leves pasos detrás de sí. Al mismo tiempo
oyó que le llamaban.Una mujer corría tras él. Al reconocer
a Isidora, el pobre médico temblóde nuevo.
«Tengo un recelo—le dijo Isidora agitadísima, la voz
balbuciente, laexpresión turbada y agoniosa—. No me has
comprendido... Habrás creídotal vez que deseo ser tu
querida, que te he propuesto que me compres...No me
juzgues mal; yo quiero ser honrada. Si no lo consigo es
porque...,te diré...
—¡Honrada!
—Sí, sí. No me comprendes. Sí me socorres, yo te
pagaré..., dinero pordinero.
—Déjame en paz—dijo Miquis retirándose.
—No, no te vas—replicó ella deteniéndole con fuerza—.
Estoy desesperada.Necesito... En último caso, paso por
todo.
—Soy pobre.
—La desesperación es ley, Augusto. Te hablaré con el
corazón; te diré...Yo no quiero más que a un hombre. Por él
doy la vida, y en último casoel honor... Di, ¿me favoreces?
—Lo que necesitas, ¿es para comer?
—No; necesito mucho.
Remove