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La Desheredada

marcharte, jugando, al caos del olvido, tepongo en esta
gaveta de mi cerebro, donde dice: Subvención
personal...Permítame Su Señoría que me admire de la
despreocupación con que SuSeñoría y los amigos de Su
Señoría confiesan haber infringido laConstitución... No me
importan los murmullos. Mandaré despejar lastribunas... ¡A
votar, a votar! ¿Votos a mí? ¿Queréis saber con quépoderes
gobierno? Ahí los tenéis: se cargan por la culata. He aquí
misvotos: me los ha fabricado Krupp... Pero ¿qué ruido es
este?¿Quiéncorretea en mi cerebro? ¡Eh!, ¿quién anda
arriba?... Ya, ya; es la gotade mercurio, que se ha salido de
su gaveta...».
El que de tal modo habla (si merece nombre de lenguaje
esta expresiónatropellada y difusa, en la cual los retazos de
oraciones correspondenal espantoso fraccionamiento de
ideas) es uno de esos hombres que hanllegado a perder la
normalidad de la fisonomía, y con ella lainscripción
aproximada de la edad. ¿Hállase en el punto central de
lavida, o en miserable decrepitud? La movilidad de sus
facciones y elllamear de sus ojos, ¿anuncian exaltado
ingenio, o desconsoladoraimbecilidad? No es fácil decirlo,
ni el espectador, oyéndole y viéndole,sabe decidirse entre
la compasión y la risa. Tiene la cabeza casitotalmente
exhausta de pelo, la barba escasa, entrecana y afeitada
atrozos, como un prado a medio segar. El labio superior,
demasiado largoy colgante, parece haber crecido y
ablandádose recientemente, y no cesade agitarse con
nerviosos temblores, que dan a su boca cierta
semejanzacon el hocico gracioso del conejo royendo
berzas. Es pálido su rostro,la piel papirácea, las piernas
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