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La Desheredada

graciosa que una grandama tuviera el antojo de disfrazarse
para presenciar más a su gusto lasfiestas y divertimientos
del pueblo. En varias novelas de malos y debuenos autores
había visto Isidora caprichos semejantes, y también enuna
célebre zarzuela y en una ópera. Si esto pensaba cuando la
doncellay peinadora la estaban vistiendo, luego que se vio
totalmente ataviada ypudo contemplarse entera en el gran
espejo del armario de luna, quedóprendada de sí misma, se
miró absorta y se embebeció mirándose, ¡tanatrozmente
guapa estaba! El peinado era una obra maestra, gran
sinfoníade cabellos, y sus hermosos ojos brillaban al
amparo de la frenterameada de sortijillas, como los
polluelos del sol anidados en una nube.No le faltaba nada,
ni el mantón de Manila, ni el pañuelo de seda en lacabeza,
empingorotado como una graciosa mitra, ni el vestido
negro degran cola y alto por delante para mostrar un
calzado maravilloso, ni losricos anillos, entre los cuales
descollaba la indispensable haba de mar.En medio de
Madrid surgía, como un esfuerzo de la Naturaleza que
amuchos parecería aberración del arte de la forma, la
Venus flamenca. DonJosé estaba medio lelo, y si fuera
poeta no dejara de cantar en sáficosla novísima encarnación
de la huéspeda de Gnido y Pafos.
Salieron gozosos, acomodándose en una carretela que
alquiló Isidora...,y a vivir. Llegaron a la pradera. Isidora
sentía un regocijo febril ysalvaje. Todo le llamaba la
atención, todo era un motivo de gratasorpresa, de asombro
y de risa. Su alma revoloteaba en el espacio librede la
alegría, cual mariposa acabada de nacer. Almorzaron en
unventorrillo. Nunca había comido Isidora cosas tan ricas.
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