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La Desheredada

ISIDORA.—Ahora sí que es tarde. (Alarmándose.) Me
voy, me voy.
JOAQUÍN.—Todavía...
ISIDORA.—Sí, ya han encendido el gas. (Mira al
techo.) Mira losdibujos que hacen en el techo la sombra de
los árboles de la calle y elresplandor de los faroles.
JOAQUÍN.—Sí. Sonó la hora triste. Y ahora, ¿qué día...?
ISIDORA.—¡Ay!, tontín, ¿sabes que no lo puedo decir?
(Arreglándoseaprisa.) Se me figura que nuestro dragón
está receloso. Me vigilamucho. Tengo la seguridad de que
sospecha algo. El mejor día descubremis gracias...
JOAQUÍN.—No lo creas...
ISIDORA.—¡Ah!, es muy tuno... Sí, yo creo que nos
sigue la pista. Estoyviendo que cualquier día regañamos, y
le mando a paseo. Sin ir máslejos, mañana habrá cuestión.
¿No es mañana San Isidro?
JOAQUÍN.—Sí.
ISIDORA.—Pues yo deseo ir a la pradera y ver la
romería, que nunca hevisto, y él se empeña en que no he de
ir... Allá veremos. ¡Dios de mivida, qué tarde!
JOAQUÍN.—¿Y cuándo te veré?
ISIDORA.—Te avisaré con mi padrino, (Despídense con
manifestaciones deardiente cariño.)
JOAQUÍN.—Abur, chiquilla.
ISIDORA.—Riquín, adiós. (Al salir.) No me olvides.
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