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La Desheredada

más completa, tenía sus pequeñas deudas con el mozo
delcafé y con los amigos.
Ya faltase todo el día al taller de Bou, ya asistiese
puntualmente,nunca dejaba de ir al café del Sur. A veces no
estaba más que un rato, aveces cuatro o cinco horas. Se le
veía solo, en blusa azul y gorra, conlos codos sobre la
mesa, el vaso de café delante y en la boca un puro dea
cuarto, mirando las nubecillas de humo con estúpida
somnolencia.
¿Pero quién es aquel señor que abre la puerta del café y
esparce suvista por el local, como buscando a alguien, y
desde que ve a Marianoviene hacia él, y se le sienta
enfrente? ¿Quién ha de ser sino elbendito D. José? Bien se
conoce en su faz su martirio y las tristezasque está pasando.
Ved su cara demacrada y mustia, sus ojos impregnadosde
cierta melancolía de funeral; ved también sus mejillas,
antescompetidoras de las rosas y claveles, ahora pálidas y
surcadas dearrugas. ¿Qué le pasa? Él nos lo dirá. Durante
algún tiempo su únicoconsuelo ha sido agregarse a Mariano
en el café del Sur y frente a élexhalar sus quejas,
semejantes a las de los pastores de antaño; y asícomo las
ovejas (dicho está por los poetas) se olvidaban de pacer
paraescuchar los cantos de los Salicios y Nemorosos,
Mariano dejaba enfriarel café por atender a lo que D. José
le refería.
«Hoy tampoco la he podido ver—dijo aquel día (abril de
1876)—. Ese Sr.Botín es un verdugo: no la deja salir de
casa; no la deja asomarse albalcón... Te digo que me
gustaría que el señor Botín y yo nos viéramosun día las
caras... Yo soy padrino de tu hermana, yo soy su
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