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La Desheredada

Siguió hablando en este tono y desarrollando su idea con
tal copia deaudaces juicios, que los muchachos le oían
como si fuera una sibila.
«Lo que yo quiero es moneda—volvió a decir Mariano
con rudeza concisa.
—¡Ah!, ya no quieres celebridad, sino plata. No era como
tú el célebreErostrato.
—¿Quién?
—Uno que pegó fuego—dijo Bou reventando de
erudición—a un templo... nosé si de Babilonia, de Venecia
o de dónde.
—¿Y sacó dinero?
—Vuelta con el dinero.
—Con dinero se tiene todo.
—Y tú quieres tener todo: gozar, disfrutar; lo mismo que
cualquiera deesos pillos, lo mismo que la sanguijuela A o la
sanguijuela B.
Mariano gruñía, dando a conocer, con bárbaro modo, su
ardiente anhelo deser sanguijuela.
«Ea, bastante se ha charlado—dijo el maestro echando un
vistazo a laprensa—.Palante... Sacadme esos reportes
ahora mismo».
Y siguió un silencio sólo turbado por los rumores de la
actividadtaciturna. Oíase el gemido de la prensa, el roce del
pegajoso rodillonegro y el rascar de la pluma del maestro
sobre la piedra. Juan Bou, queaunque buen catalán tenía un
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