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La Desheredada

Un mes no completo había transcurrido de esta vida
honrada y económica,sin que Isidora pudiera llegar a
decidir en qué profesión, arte u oficiohabía de emplear su
talento y ganas de ponerse al trabajo. Los libros deD. José,
ya repletos de números, no contenían más que partidas
fallidas,y daba dolor ver en sus garabateadas páginas el
triste papel que hacíanlos Haberes junto a las nutridas
columnas del Debe.
Veamos cómo pasaba el tiempo la dueña de la casa. Entre
bañarse,peinarse, vestir y arreglar a Riquín, se le iba la
mañana. Por latarde, si no tenía que ir a casa del
procurador, solía matar el fastidioen las iglesias, de donde
resultó que en aquel periodo oyó más sermonesy rezó más
novenas que en el resto de su vida. Distraíase con
estassuperficiales devociones, y aun llegó a figurarse que
se habíaperfeccionado interiormente. Recordaba las preces
aprendidas en suniñez, y se deleitaba con las formas de
religión, por pura novelería.Pero esta santidad de capricho
no sofocaba, ni mucho menos, su orgullodentro de la
Iglesia. Más que el sermón ampuloso, más que el brillo
delaltar, más que la poesía del templo y las imágenes
expresivas, lacautivaba el señorío que iba por las tardes a la
Casa de Dios. Cuandohabía novena o Manifiesto costeado
por alguna dama de la aristocracia,de aquellas que
ocupaban los bancos de la nave central ostentando en
supecho la cinta de la cofradía, Isidora no faltaba, y desde
el rincón deuna capilla observaba todo con interés
profundo, más atenta a lasMagdalenas que venían con el
bálsamo que a Jesús mismo. Causábaleadmiración y
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