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La Desheredada

—No tomaremos Champagne. Es muy caro.
—Veremos si hallo una partida..., pues..., en buenas
condiciones».
No prolongaremos la relación circunstanciada de lo que
hablaron aquellanoche padrino y ahijada. Acostose Isidora
pensativa y D. José se retirómuy entusiasmado a su
cuartito. Durmiose como un serafín, y soñó queestaba en la
contaduría de una casa grande, donde había
catorceempleados y más de cien libros. Ingresos y gastos
ascendían a millones;pero todo iba al pelo. Era D. José
como un director de orquesta, sóloque los músicos eran
escribientes y las notas números. Resultaba unasinfonía de
orden, que mecía en embriagador arrobamiento el espíritu
deltenedor de libros.
Al día siguiente, cuando Isidora se levantó, ya estaba su
padrino devuelta de la compra. Traía el cesto bien repleto,
y fue sacando cosas ymostrándoselas a Isidora, que
admiraba la bondad y baratura del género.
«El primer gasto, hijita, ha sido para comprar estos tres
libros decuentas—dijo Relimpio, mostrando dos enormes y
uno pequeño.—El Mayor, elDiario y el Provisional. Sin
esto no haremos nada, porque la base delorden es una
contabilidad perfecta... ¿Ves? Aquí está la langosta.
Tepermito este lujo. Aquí está la carne. No compré las
ciruelas.Conténtese usted con dátiles. Tampoco he traído
Champagne porque no lohallé en buenas condiciones.
Patatas. Faltan los garbanzos y el azúcar,que no pude
comprar porque se me acabó el dinero... ¡Ah!, un mazo
decigarros para mí.
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