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La Desheredada

hijo.—¡Un hijo!¿Qué me cuenta usted?—Lo que usted oye.
Ya tiene dos años. Es algomonstruoso; lo que llamamos un
macrocéfalo, es decir, que tiene lacabeza muy grande,
deforme. ¡Misterios de la herencia fisiológica! Sumadre me
pregunta si toda aquella gran testa estará llena de talento.
Yole digo que su delirante ambición y su vicio mental le
darán unadescendencia de cabezudos raquíticos... El chico
es gracioso y de unaprecocidad alarmante...
»Pasando a otra cosa, yo tengo para mí que el marqués
viudito está mástronado que la nación española. Sus deudas
se remontan como el águilaávida de las altas cumbres; sus
gastos no disminuyen. Para estos tales,carecer es morir, y
pasarán por toda clase de ignominias antes quedecapitarse
renunciando al lujo y a la vida de rumbo y disipación.
Pordesgracia de la sociedad, siempre encuentran tontos que
les presten,cándidos que les fíen y malvados que los
ayuden. Observe usted que nuncamueren en un hospital. Su
mendicidad no tiene harapos; pero piden, y aveces toman
sin pedir.
»Yo pregunto: ¿No habrá algún día leyes para enfrenar la
alta vagancia?¿No se crearán algún día palacios
correccionales? ¿No establecerán lasgeneraciones
venideras asilos elegantes, forrados de seda, para tener
araya la demagogia azul, dándole de comer? Yo pregunto
también: Puestoque tanto se ha hablado del derecho a la
vida, ¿existirá también elderecho al lujo? Si el populacho
nos pide los talleres nacionales, laalta vagancia nos pedirá
algún día los casinos costeados por el Estado.Lógica,
lógica, digo yo. Y a los que predican el comunismo les
digo:«Estáis tocando el violón, porque el comunismo existe
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