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La Desheredada

encontrar armonías entre suestado moral y la Naturaleza, la
hermosísima retirada y apagamiento deldía no eran
extraños al occidente que había en su alma. Los destellos
deoro fundido iban palideciendo poco a poco, o se hundían
dejando tras síun rastro pálido y verdoso. A la derecha, la
sierra azul, de masauniforme y sin contornos, se alejaba,
desvaneciéndose en el fondo delfirmamento, donde al fin
quedaría como el espectro de un mundo.Marcábanse las
curvas del río por jirones de niebla desvanecida,vellones
sueltos, que se iban reuniendo hasta formar un velo
salpicadode motas blancas, o sea la ropa de los lavaderos.
«¡Qué feísimo es esto!»—murmuro Isidora con ira que
indicaba ciertahostilidad contra la Naturaleza.
Entonces el patriarcal D. José se puso a admirar la belleza
del cielo,que estaba limpio, azul, profundo, expresando
como nunca la proyecciónabovedada del pensamiento
humano. La luna nueva, como una hoz de plata,caía del
lado del Poniente, precedida de Venus. Apenas, en lo
restantedel firmamento principiaba a verse una que otra
estrella como el vagoapuntar de la idea en el cerebro. Don
José desparramó su vista por todala redondez de arriba, y
apuntando con suficiencia de astrónomo a unastro que
brillaba más a cada instante, dijo lacónicamente:
«¡Júpiter!».
Isidora también miro, pero con escarnio y desdén.
«¡Qué horrible está la luna!»—murmuró.
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