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La Desheredada

«En cuanto al parecido—continuó esta—, nada tengo que
decir, porque sialguno hay, es puramente casual... Me hará
usted un favor en retirarse».
Tiró de la campanilla, y se alejó serenamente sin prisa y
sin cólera,como nos alejamos después de aplastar un
insecto.
Isidora se encontró sola en el gabinete. Un lacayo
apareció en lapuerta. Era señal de que la ponían
bonitamente en la de la calle.Levantose y salió. Andaba
con la teatral arrogancia y la serenidadterrible de que se
revisten algunos al subir al cadalso. Las salas delpalacio se
iban quedando atrás, como se desvanece el mundo cuando
nosmorimos.
Cuando bajaba la escalera, un lacayo subía. Tomola este
por una de lasinfinitas personas, de aspecto decente, que
iba a pedir limosna a lamarquesa, y le dijo: «¡Qué bonita es
usted, prenda!».
Puede juzgarse cómo estaría su espíritu, cuando este
ultraje apenas lehizo impresión. En el portal estaba Alonso
y un hombre muy gordo, elcual al pasar la miró con
atención picaresca. Ambos le hicieron un fríosaludo. Salió
sin darse cuenta de nada y dio algunos pasos por la
calle.Como si tropezara con un poste, hallose de improviso
frente a D. José deRelimpio. Isidora despertó al choque y
dijo:
«¿Pero está usted aquí?
—Sí, hija mía—replicó el galán viejo muy conmovido—.
El corazón me decíaque habías de salir pronto, y esperé...
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