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La Desheredada

defendió de los azotes, ni hizo ademán de volver golpepor
golpe, ni chistó siquiera... Por la noche ya habían hecho las
paces;él prometía ser bueno, y fino y persona decente.
Exigió que su hermanale llevara al teatro, ella lo prometió
así; mas como no pudiese cumpliral siguiente día por la
causa que fácilmente conocerá el lector, seenfureció el
chico, pidió dinero, negóselo ella, hablaron más de
lacuenta, y él puso término a la disputa con esta
amenazadora frase:
«¡Dinero! Ya sé yo cómo se encuentra cuando no lo hay.
Los chicos me lohan enseñado».
Isidora no hizo caso. El día de Inocentes salió un rato. Al
volver,Mariano había revuelto todo el cajón alto de la
cómoda.
«¿Qué haces?—preguntole su hermana, previniendo
algún desastre.
—¿Aciértame que tengo aquí?»—le dijo Mariano
mostrándole su puñocerrado.
Isidora trató de abrir el puño del muchacho; pero este
apretaba tanfuertemente sus dedos, que los blandos y flojos
de Isidora no pudieronmoverlos ni un punto, ni separarlos.
Con su fuerza varonil, Marianohacía de su mano un arca de
hierro.
«Abre la mano, ábrela.
—No quiero.
—¿Qué tienes ahí?... ¿Qué has cogido?».
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