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La Desheredada

—¿Cuartitos? Tú eres rica—dijo pasando la vista con
malicioso examen porlos diversos objetos que Isidora
poseía—. Tú tienes dinero, porque hascomprado estas
cosas ricas, y yo no tengo nada, nada; soy un pobre».
Al decir esto se desnudaba para acostarse.
«Yo también soy pobre—afirmó Isidora—; pero con el
tiempo, tal vezdentro de poco, tú y yo estaremos bien y
tendremos todo lo necesario yaún más.
—La señorita gasta y come bien, y tiene a su hermanito
muerto dehambre—gruñó él, acostado ya.
—No seas tonto. Cállate y duerme.
—Si mañana no me das dinero, salgo a la calle y pido
limosna. Ya sé yocómo se pide. Me lo ha enseñado un
chico.
—¿Qué estás diciendo, cafre?
—Que pediré limosna. Verás.
—No me sofoques... A un colegio, a un colegio.
—Ya me estoy durmiendo... Hasta mañana.
—¿No rezas, herejote?».
Mariano murmuró algo que no era fácil descifrar, y se
durmiósosegadamente. Todavía quedaba en él algo de niño.
Su hermana lecontempló un instante movida de un
sentimiento extraño en que secombinaban el cariño y el
terror. Iba a darle un beso; pero cuando yacasi le tocaba
con sus labios, se apartó diciendo: «Temo que sedespierte y
me pida lo que no puedo darle».
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