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La Desheredada

esquela en que el viudito de Saldeoro, después dedeclararse
imposibilitado de salir a la calle, invitaba a la señorita
deRufete a venir a su casa, donde sería enterada de una
comunicación delCanónigo en que se le enviaba dinero, y
de un asunto extraordinariamenteimportante y venturoso.
Los comentarios que hizo Isidora desde la callede Hernán
Cortés a la de Jorge Juan no cabrían en este volumen,
aunquefuese doble. ¡De qué manera y con qué fecundidad
de imaginación dio vidaen su mente a la entrevista próxima
a verificarse! Al llegar al portal,y al decir a D. José: «dese
usted una vueltecita por el barrio y vuelvaaquí dentro de
media hora», ya había ella desarrollado en sí misma
cienvisiones distintas de lo que había de pasar. Cuando ella
entraba, salíanlas dos niñas de Pez con su mamá para subir
al coche que las esperaba enla calle. ¡Qué elegantes!
Isidora las miró bien; pero iba ella, a suparecer, tan mal,
con tan innoble traza, que de buena gana se
hubieraescondido para no ser vista de las otras. Porque la
de Rufete, pobre ymal ataviada, se consideraba fuera de su
centro. Su apetito deengrandecerse no era un deseo tan
sólo, sino una reclamación. Su pobrezano le parecía
desgracia, sino injusticia, y el lujo de los demásmirábalo
como cosa que le había sido sustraída, y que tarde o
tempranodebía volver a sus manos.
Las niñas de Pez apenas se fijaron en la muchacha que
entraba. Pero estalas examinó bien, y en menos de lo que se
dice hizo de ellas críticaacerba, las desnudó, les quitó los
sombreros, censuró aquellos talles dearaña, y concluyó por
considerar en su mente lo que resultaría si la másguapa de
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