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La Desheredada

—Yo..., yo, verdaderamente...—manifestó Joaquín con
aquella indolenciaque de su cuerpo a su pensamiento se
extendía—. No lo afirmo ni loniego.
—Logomaquias, hombre—dijo D. Manuel apartando de
sí con desprecio lacarta de su amigo el Canónigo, cacique y
faraute de los Peces en buenaparte de la Mancha—. Esto es
novela... ¡Nietos de la marquesa deAransis!... Cierto es que
aquella pobre Virginia... ¿Conoces tú a esaIsidora?
—Sí.
—¿Y ella sostiene...?
—Como el Evangelio.
—Logomaquias. Estas historias de muchachos mendigos
que a lo mejor salencon la patochada de tener por papás a
duques o príncipes, no puedenpasar en el día, mejor dicho,
yo creo que no han pasado nunca.Admitámoslo en las
novelas; ¡pero en la realidad...! En fin, sea lo quequiera, es
preciso atender al Canónigo, que nos sirve bien.
Entérate.Dice que pongamos a disposición de la muchacha
algunas cantidades. En loque no le haré el gusto, por ahora,
es en lo de hablar de ello a lamarquesa de Aransis. Es cosa
muy delicada. Cumpliremos diciéndoselo a suapoderado, el
marqués de Onésimo... Logomaquias, hombre...
—Yo me encargaré de esto—replicó decididamente
Joaquín—. Ya he visto aesa hija de reyes. Es una muchacha
simpática, discreta y buena, quemerece, sí, merece, sin
duda algo más de lo que posee».
Cuando Isidora llegó a Madrid, recibió don Manuel una
carta del Canónigorecomendando a su sobrina, e indicando
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