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La Desheredada

La casa de Aransis es de las reformadas en el siglo
pasado. Al exterior,fuera de su puerta almohadillada, por la
cual entrarían sin inclinarselos gigantones del Corpus, nada
absolutamente tiene de particular.Interiormente conserva
bastantes obras de mérito, como tapices, mueblesy cuadros,
sin que ninguna de ellas raye, ni con mucho, en
loextraordinario. El abandono en que sus dueños la tienen
nótase desde lapuerta al tejado, pues aunque todo está en
orden y bien defendido de lapolilla, hay allí olor de soledad
y presentimiento de ruina. Digan loque quieran los que se
empeñan en que ha de ser bueno todo lo que no esmoderno,
el interés artístico de los salones de Aransis no pasa
demediano.
Desde el 63 todo estaba cerrado allí; sólo se abría los días
delimpieza. La casa tenía por habitantes el silencio, que se
aposentaba enlas alcobas, entre luengas colgaduras hechas
a imagen del sueño, y laobscuridad se agasajaba en las
anchas estancias. Por algunas rendijas laluz metía sus
dedos de rosa, arañando las tapicerías. De noche, niruido,
ni claridad, ni espíritu viviente moraban allí.
Un día de otoño del 72 alegrose de súbito el palacio;
abriéronse puertasy ventanas; entraron aire y luz a
torrentes, y los plumeros de mediadocena de criados
expulsaron el polvo que mansamente dormía sobre
losmuebles. Luego sucedió traqueteo de sillas, lavatorio de
cristales ypreparación de luces. En medio de este alboroto,
oíanse las notassueltas de un piano, martirizado en manos
del afinador. Al díasiguiente, hubo estruendo de baúles
descargados, oficiosa actividad delacayos, rodar
tumultuoso de carruajes en la calle y en el portalinmenso,
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