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La Desheredada

desde un peseta para arriba, cualquierdinero. Pero él
fanatizado por lo que oía decir de fortunas rápidas
ycolosales, quería la suya de una pieza, de un golpe, no
ganada niconquistada a pulso, sino adquirida por arte igual
al hallazgo de lamina de oro o del sepultado tesoro de
diamantes. En los días a quenuestra historia se refiere,
andaba Melchor algo desanimado, ygrandísima confusión
reinaba en su espíritu. En su mente lo inverosímilluchaba
en sombrío pugilato con lo posible. ¿Saldría de este
batallaralguna idea grande, algún plan jamás soñado de
otro alguno? Las visionesde la riqueza real se peleaban
dentro de él con las imágenes delbienestar ajeno, entre el
estruendo de los rebeldes apetitos, tanto másrevoltosos
cuanto más distantes de ser saciados.
Llegaba a su casa todas las noches entre una y dos de la
madrugada,fatigado, triste, pensativo; soltaba la capa;
ponía los codos sobre lamesa del comedor, las quijadas
entre las palmas de las manos, y así sequedaba media hora
o más en reposada meditación. Si había entradofumando,
que era lo más probable, consagraba su atención a
curar,ennegrecer o culotar (no hay otra manera de decirlo)
una boquilla deespuma de mar, empeño que le traía muy
atareado a diferentes horas deldía. Llevaba adelante su obra
con tanto esmero y paciencia, que en elcafé oía más de un
elogio por la perfección e igualdad de ella. Hayorgullos
muy singulares. El que Melchor fundaba en su pipa
eradisculpable, porque la pipa iba pareciéndose al ébano
más puro yreluciente, y el artista, después de arrojar sobre
ella,distribuyéndolos bien, chorros de espeso humo, la
frotaba con elpañuelo, y se miraba después en aquel espejo
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