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La Desheredada

bullicioso, tan movible,espejo de tantas alegrías, con sus
calles llenas de luz, sus miltiendas, su desocupado genio
que va y viene como en perpetuo paseo. Losdomingos por
la mañana, si esta es de abril o mayo, los encantos
deMadrid se multiplican; crecen la animación y el regocijo;
hay bulla queno aturde y movimiento que no marea. Mucha
gente va a misa, y a cadapaso halla el transeúnte bandadas
de lindas pollas, de cintura bienceñida y velito en la frente,
que salen de la iglesia, devocionario enmano, joviales y
coquetuelas.
Las campanas dijeron algo a Isidora, y entró a oír misa en
San Luis, encuya escalerilla se estrujaba la gente. Dentro,
las misas sucedían a lasmisas, y los fieles se dividían en
tandas. Unos se marchaban cuandootros caían de rodillas.
Allí se persignaba una tanda entera, aquí seponía en pie
otra, y las campanillas, anunciando los diversos actos
delsacrificio, sonaban sin interrupción.
«¡Qué bueno es el Señor—pensaba Isidora delante de la
Hostia—, que meallana mi camino y me manifiesta su
protección, desde el primer paso quedoy para lograr mi
puesto verdadero...! No podía ser de otra manera,porque lo
justo justo es, y Dios no puede querer cosas injustas, y si
yono fuera ante el mundo lo que debo ser, o mejor dicho, lo
que soy antemí, resultaría una injusticia, una barbaridad...».
Y luego, cuando el sacerdote consumía:
«Bendito sea el Señor que me ha deparado la ayuda del
marqués deSaldeoro, ese caballero sin igual, fino y atento
como no hay otro... ¡Yqué hermosos ojos tiene, qué guapo
es y con qué elegancia viste! Aquelloes vestirse; lo demás
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