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La Desheredada

—IV—
Consagremos un recuerdo de consideración y lástima, en
el último renglónde esta tragedia, al digno señor comisario
de Beneficencia, autor detantos y tan hermosos
expedientes. Él solo sería capaz, si le dejaran,de elevar en
pocos años a una altura increíble, dentro de los
archivosnacionales, esos grandiosos monumentos
papiráceos en que se cifranuestra bienandanza. Sería
preciso tener corazón de estuco para noafligirse al verle
descalabrado, con la mano en la frente y esta ceñidapor un
pañuelo, corriendo en coche simón hacia la Casa de
Socorro de lacalle de Embajadores, donde por la noche se
vistió de la luz de losserafines el pobrecito Zarapicos.
La Correspondencia recogió en el Juzgado de guardia
una nota delsuceso de aquel día, y lo dio a sus lectores en
un sueltecillo crudo.Cuando lo leyeron los amigos que
acompañaban al señor de Lamagorza en sucasa, y cuando
este les refirió detalles del hecho, oyéronse
lasexclamaciones más ardientes sobre el estado moral e
intelectual delpaís; se recordaron otros hechos análogos
ocurridos antes en Madrid,Valencia y Málaga, y por último
se declaró con unanimidad muysatisfactoria que era preciso
hacer algo, ¡algo, sí!, y consagrar muchosratos y no pocas
pesetas a la curación del cuerpo social. Como la
prensaalarmada acalorase el asunto en los días sucesivos,
se formaron juntas,se nombraron comisiones, las cuales a
su vez parieron diversas especiesde subcomisiones; y hubo
discursos seguidos de aplausos... y se lucieronlos oradores;
y otros, que ávidos estaban de dar sus nombres al
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