Hubiérase creído presenciar uno de esos espantosos terremotos
de lastierras volcánicas del Nuevo Mundo, que destruyen
ciudades enteras.
Vanda había caído de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.
Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le decía:
—¡Al menos moriremos juntos!
Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes
repitiendo:
—¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!
En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su
jefe.
Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente
erguida; yparecía esperar el fin de aquel cataclismo con la
serenidad del hombreque no teme la muerte, y que por una
especie de fanatismo heroico, nocree deber llegar hasta haber
cumplido su misión sobre la tierra.
En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue
disminuyendo, y laspiedras de la bóveda dejaron de caer.
—¡Adelante! dijo entonces Rocambole.
Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.
—¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.
—Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.
El subterráneo estaba obstruido por enormes pedazos de
piedra, tierra ycasquijo, desprendidos de la bóveda y de las
paredes de la galería.
