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La Condenada (Cuentos)

mientras que mujeres ychiquillos se arrojaban chillando al fondo
del carruaje.
Bolsón, baja o te matamos—dijo el teniente.
Bajó el roder con su satélite, y antes de poner pie en tierra ya
lehabían quitado sus armas. Aún estaba impresionado por la
charla de suprotector, y no pensó en hacer resistencia por no
imposibilitar sufamoso indulto con un nuevo crimen.
Llamó al carnicero, rogándole que corriese al pueblo para
avisar a donJosé. Sería un error, una orden mal dada.
Vio el mocetón cómo se le llevaban a empujones a un naranjal
inmediato,y salió corriendo camino abajo por entre aquellas
parejas, que cerrabanla retirada a la tartana.
No corrió mucho. Montado en su jaco encontró a uno de los
alcaldes quehabían estado en la fiesta... ¡Don José! ¿Dónde
estaba don José?
El rústico sonrió como si adivinara lo ocurrido... Apenas se
fueBolsón, el diputado había salido a escape para Valencia.
Todo lo comprendió el carnicero: la fuga, la sonrisa de aquel
tío y lamirada burlona del viejo teniente cuando el roder
pensaba en suprotector, creyendo ser víctima de una
equivocación.
Volvió corriendo al huerto, pero antes de llegar, una nubecilla
blanca yfina como vedija de algodón se elevó sobre las copas de
los naranjos, ysonó una detonación larga y ondulada, como si se
rasgase la tierra.
Acababan de fusilar a Bolsón.
Le vio de espaldas sobre la roja tierra, con medio cuerpo a la
sombra deun naranjo, ennegrecido el suelo con la sangre que
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