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La Condenada (Cuentos)

toda su prosopopeya, laProvidencia del distrito apenas si
llamaba la atención.
Todas las miradas eran para un hombrecillo con calzones de
pana y negropañuelo en la cabeza, enjuto, bronceado, de fuertes
quijadas, y quetenía al lado un pesado retaco, no cambiando de
asiento sin llevar trassí la vieja arma, que parecía un adherente
de su cuerpo.
Era el famoso Quico Bolsón, el héroe del distrito, un roder
contreinta años de hazañas, al que miraba la gente joven con
terror casisupersticioso, recordando su niñez, cuando las madres
decían parahacerles callar: «¡Que viene Bolsón
A los veinte años tumbó a dos por cuestión de amores; y
después al montecon el retaco, a hacer la vida de roder, de
caballero andante de lasierra. Más de cuarenta procesos estaban
en suspenso, esperando quetuviera la bondad de dejarse coger.
¡Pero bueno era él! Saltaba comouna cabra, conocía todos los
rincones de la sierra, partía de un balazouna moneda en el aire, y
la Guardia civil, cansada de correríasinfructuosas, acabó por no
verle.
Ladrón... eso nunca. Tenía sus desplantes de caballero; comía
en elmonte lo que le daban por admiración o miedo los de las
masías, y sisalía en el distrito algún ratero, pronto le alcanzaba
su retaco; éltenía su honradez y no quería cargar con robos
ajenos. Sangre... eso sí,hasta los codos. Para él un hombre valía
menos que una piedra delcamino; aquella bestia feroz usaba
magistralmente todas las suertes dematar al enemigo: con bala,
con navaja; frente a frente, si teníanagallas para ir en su busca; a
la espera y emboscado, si eran tanrecelosos y astutos como él.
Por celos había ido suprimiendo a los otrosroders que infestaban
la sierra; en los caminos, uno hoy y otromañana, había asesinado
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