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La Condenada (Cuentos)

Luis, que tantas veces había pensado en él con arrebatos de
cólera, yque al verle había sentido impulsos de arrojarse a su
cuello, acabó pormirarle con simpatía y respeto. ¡También la
amaba! Y la comunidad en elafecto, en vez de repelerlos, ligaba
al marido y al otro con unasimpatía extraña.
—Que se vaya, que se vaya—repetía la enferma con una
terquedadinfantil.
Y su marido miraba al hombre poderoso con expresión
suplicante, como sipidiera perdón para su mujer, que no sabía lo
que decía.
—Vamos, doña Enriqueta—dijo desde el fondo de la
habitación la voz delcura—. Piense usted en sí misma y en Dios:
no incurra en el pecado desoberbia.
Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron por
sentarse juntoal lecho de la enferma. El dolor la hacía rugir,
había que darlafrecuentes inyecciones, y los dos acudían
solícitos a su cuidado. Variasveces se tropezaron sus manos al
incorporar a Enriqueta, y no los separóuna repulsión instintiva;
antes bien, se ayudaban con efusión fraternal.
Luis encontraba cada vez más simpático a aquel buen señor,
de trato tanllano a pesar de sus millones, y que lloraba a su
mujer más aún que él.Durante la noche, cuando la enferma
descansaba bajo la acción de lamorfina, los dos hombres,
compenetrados por aquella velada desufrimientos, conversaban
en voz baja, sin que en sus palabras se notarael menor dejo de
remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por elamor.
Al amanecer murió Enriqueta repitiendo: «¡Perdón! ¡perdón!»
Pero suúltima mirada no fue para el marido. Aquel hermoso
pájaro sin sesolevantó el vuelo para siempre acariciando con los
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