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La Condenada (Cuentos)

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Nueve años habían transcurrido desde que Luis Santurce se
separó de sumujer. Después la había visto envuelta en sedas y
tules en el fondo deelegante carruaje, pasando ante él como un
relámpago de belleza, o lahabía adivinado desde el paraíso del
Real, allá abajo, en un palco,rodeada de señores que se
disputaban el murmurar algo a su oído parahacer gala de una
intimidad sonriente.
Estos encuentros removían en él todo el sedimento de la
pasada ira:había huido siempre de su mujer como enfermo que
teme el recrudecimientode sus dolencias, y sin embargo, ahora
iba a su encuentro, a verla yhablarla en aquel hotel de la
Castellana, cuyo lujo insolente era eltestimonio de su deshonra.
Los rudos movimientos del coche de alquiler parecían hacer
saltar losrecuerdos del pasado de todos los rincones de su
memoria. Aquella vidaque no quería recordar, iba
desarrollándose ante sus ojos cerrados: suluna de miel de
empleado modesto casado con una mujer bonita y educada,hija
de una familia venida a menos; la felicidad de aquel primer
añode pobreza endulzado por el cariño; después, las protestas de
Enriquetarevolviéndose contra la estrechez; el sordo disgusto al
oírse llamarhermosa por todos y verse humildemente vestida;
los disgustos surgiendopor el más leve motivo; las reyertas a
media noche en la alcobaconyugal; las sospechas royendo poco
a poco la confianza del marido, yde repente el ascenso
inesperado, el bienestar material colándose porlas puertas,
primero tímidamente, como evitando el escándalo; despuéscon
insolente ostentación, como creyendo entrar en un mundo de
ciegos,hasta que ya por fin Luis tuvo la prueba indudable de su
desgracia. Seavergonzaba al recordar su debilidad. No era un
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