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La Condenada (Cuentos)

Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en
seco, el lugarde reunión de toda la gente marinera. Los
chiquillos, tendidos sobre elvientre, jugaban a la carteta a la
sombra de las embarcaciones; y losviejos, fumando sus pipas de
barro traídas de Argel, hablaban de lapesca o de las magníficas
expediciones que se hacían en otros tiempos aGibraltar y a la
costa de África, antes que al demonio se le ocurrierainventar eso
que llaman la Tabacalera.
Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el
mástilgraciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al
borde de laplaya, donde se deshacían las olas y una delgada
lámina de agua bruñíael suelo cual si fuese de cristal; detrás, con
la embetunada panzasobre la arena, estaban las negras barcas del
bòu, las parejas queaguardaban el invierno para lanzarse al mar,
barriéndolo con su cola deredes; y en último término, los laúdes
en reparación, los abuelos, juntoa los cuales agitábanse los
calafates, embadurnándoles los flancos concaliente alquitrán,
para que otra vez volviesen a emprender sus penosasy
monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las
Balearescon sal, otras a la costa de Argel con frutas de la huerta
levantina, ymuchas con melones y patatas para los soldados
rojos de Gibraltar.
En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los
laúdes yareparados se hacían a la mar y las embarcaciones de
pesca eran armadas ylanzadas al agua; sólo una barca
abandonada y sin arboladura permanecíaenclavada en la arena,
triste, solitaria, sin otra compañía que la delcarabinero que se
sentaba a su sombra.
El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y
crujíancon la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento,
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