Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

La Condenada (Cuentos)

—No hagan ustedes caso—contestaba—. Consideren que es
un carretero, yque para este oficio no se exigen exámenes de
urbanidad. Tiene malalengua, eso sí; pero es hombre muy
formal y paga sin retrasarse un solodía. Un poco de caridad,
señores.
A la mujer del maldito blasfemo la compadecían en toda la
casa.
—No lo crean ustedes—decía riendo la pobre mujer—; no
sufro nada deél. ¡Criatura más buena! Tiene su geniecillo, pero
¡ay hija! Dios noslibre del agua mansa... Es de oro; alguna
copita para tomar fuerzas,pero nada de ser como otros, que se
pasan el día como estacas frente almostrador de la taberna. No
se queda ni un céntimo de lo que gana, y esoque no tenemos
familia, que es lo que más le gustaría.
Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de la bondad
de suPepe. Bastaba verle. ¡Vaya una cara! En presidio las había
mejores. Eranervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara
cobriza, con rudasprotuberancias y profundos surcos, los ojos
sanguinolentos y la narizaplastada, granujienta, veteada de azul,
con manojos de cerdas queasomaban como tentáculos de un
erizo que dentro de su cráneo ocupase ellugar del cerebro.
A nada concedía respeto. Trataba de reverendos a los machos
que leayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de
descanso se sentaba ala puerta de la cochera, deletreaba
penosamente, con vozarrón que se oíahasta en los últimos pisos,
sus periódicos favoritos, los papeles másabominables que se
publicaban en Madrid, y que algunas señoras mirabandesde
arriba con el mismo terror que si fuesen máquinas explosivas.
Remove