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La Condenada (Cuentos)

brillaban pintas rojas comosalpicaduras de sangre; el bigote se
erizaba y su estatura parecíamayor, como si la bestia feroz que
dormía dentro de él, al despertar,hubiese dado un formidable
estirón a la envoltura.
En el silencio de la cárcel resonaba cada vez más claro el
dolorosocanturreo que venía del calabozo: «Pa... dre... nu...
estro... queestás... en los cielos...»
Don Nicomedes no lo oía. Paseaba furioso por la habitación,
conmoviendocon sus pasos el piso que servía de techo a su
víctima. Por fin se fijóen el monótono quejido.
—¡Cómo canta ese infeliz!—murmuró—. ¡Cuán lejos estará
de saber queestoy yo aquí, sobre su cabeza!
Se sentó desalentado y permaneció silencioso mucho tiempo,
hasta que suspensamientos, su afán de protesta, le obligaron a
hablar.
—Mire usted, señor; conozco que soy un hombre malo y que
la gente debedespreciarme. Pero lo que me irrita es la falta de
lógica. Si lo que yohago es un crimen, que supriman la pena de
muerte y reventaré de hambreen un rincón, como un perro. Pero
si es necesario matar paratranquilidad de los buenos, entonces,
¿por qué se me odia? El fiscal quepide la cabeza del malo nada
sería sin mí, que obedezco; todos somosruedas de la misma
máquina, y ¡vive Dios! que merecemos igual respeto,porque yo
soy un funcionario... con treinta años de servicios.
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