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La Condenada (Cuentos)

peces; y ahora estaba en un mar de tinta, perdido en laoscuridad,
agobiado por sus ropas, teniendo bajo sus pies ¡quién
sabecuántos barcos destrozados, cuántos cadáveres descarnados
por los pecesferoces! Y estremecíase al contacto de su mojado
pantalón, creyendosentir el rozamiento de agudos dientes.
Cansado, desfallecido, se echó de espaldas, dejándose llevar
por lasolas. El sabor de la cena le subía a la boca. ¡Maldita
comida, y cuántocuesta de ganar! Acabaría por morir allí
tontamente... Pero el instintode conservación le hizo
incorporarse. Tal vez le buscaban, y estandotendido pasarían
cerca de él sin verle. Otra vez a nadar, con el ansiade la
desesperación, incorporándose en la cresta de las olas para
vermás lejos, yendo tan pronto a un lado como a otro,
agitándose siempre enun mismo círculo.
Le abandonaban como si fuese un trapo caído de la barca.
¡Dios mío! ¿Asíse olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le
buscaban en aquel momento.Un barco corre mucho; por pronto
que hubiesen subido a cubierta yarriado vela, ya estarían a más
de una milla.
Y acariciando esta ilusión, se hundía dulcemente como si
tirasen de suspesados zapatos. Sintió en la boca la amargura
salitrosa; cegaron susojos, las aguas se cerraron sobre su rapada
cabeza; pero entre dos olasse formó un pequeño remolino,
asomaron unas manos crispadas y volvió asalir.
Los brazos se dormían; la cabeza se inclinaba sobre el pecho
comovencida por el sueño. A Juanillo le pareció cambiado el
cielo: lasestrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no
le infundíamiedo el mar; sentía el deseo de abandonarse sobre
las aguas, dedescansar.
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