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La Condenada (Cuentos)

Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd San Rafael,
concargamento de sal para Gibraltar.
La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los
sacos, formandouna montaña en torno del palo mayor. Para
pasar de proa a popa, lostripulantes iban por las bordas,
sosteniéndose con peligroso equilibrio.
La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y
unvientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la
gran velalatina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de
soplar, cayendodesmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.
La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó después
de lamaniobra de salida, y una vez rebañado el humeante
caldero, en el quehundían su mendrugo con marinera fraternidad
desde el patrón al grumete,desaparecieron por la escotilla todos
los libres de servicio, parareposar sobre la dura colchoneta, con
los vientres hinchados de vino yzumo de sandía.
Quedó en el timón el tío Chispas, un tiburón desdentado, que
acogiócon gruñidos de impaciencia las últimas indicaciones del
patrón, y juntoa él su protegido Juanillo, un novato que hacía en
el San Rafael suprimer viaje, y le estaba muy agradecido al
viejo, pues gracias a élhabía entrado en la tripulación, matando
así su hambre, que no era poca.
El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío almirante,
un buqueencantado, navegando por el mar de la abundancia. La
cena de aquellanoche era la primera cena seria que había hecho
en su vida.
Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi
desnudo como unsalvaje, durmiendo en la torcida barraca donde
gemía y rezaba suabuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a
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