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La Condenada (Cuentos)

envidiosas miradas;los pilletes, desnudos, de color de ladrillo,
echábanse al agua paratocarle la enorme cola.
Rufina se abrió paso entre la gente, llegando hasta su marido,
que conla cabeza baja y una expresión estúpida oía las
felicitaciones de losamigos.
—¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
El pobre hombre aún bajó más su cabeza. La hundió entre los
hombros,como si quisiera hacerla desaparecer, para no oír, para
no ver nada.
—¿Pero dónde está Antoñico?
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su
marido,le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a
aquel hombrón. Perono tardó en soltarle, y levantando los
brazos, prorrumpió en espantosoalarido.
—¡Ay, Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado!
¡Está en elmar!
—Sí, mujer—dijo el marido lentamente con torpeza,
balbuceando y comosi le ahogaran las lágrimas—. Somos muy
desgraciados. El chico hamuerto; está donde su abuelo; donde
estaré yo cualquier día. Del marcomemos y el mar ha de
tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen paraobispos.
Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una
crisisnerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y
tostadasdesnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de
las greñas,arañándose el rostro.
—¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...
Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien
sabíanlo que era aquello: casi todas habían pasado por trances
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