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La Condenada (Cuentos)

Las ranas callaron repentinamente. Por la senda avanzaban dos
cosasoscuras que a Sènto le parecieron dos perros enormes. Se
irguieron: eranhombres que avanzaban encorvados, casi de
rodillas.
—Ya están ahí—murmuró, y sus mandíbulas temblaban.
Los dos hombres volvíanse a todos lados, como temiendo una
sorpresa.Fueron al cañar, registrándolo: acercáronse después a la
puerta de labarraca, pegando el oído a la cerradura, y en estas
maniobras pasarondos veces por cerca de Sènto, sin que éste
pudiera conocerles. Ibanembozados en mantas, por bajo de las
cuales asomaban las escopetas.
Esto aumentó el valor de Sènto. Serían los mismos que
asesinaron aGafarró. Había que matar para salvar la vida.
Ya iban hacia el horno. Uno de ellos se inclinó, metiendo las
manos enla boca y colocándose ante la apuntada escopeta.
Magnífico tiro. Pero ¿yel otro que quedaba libre?
El pobre Sènto comenzó a sentir las angustias del miedo, a
sentir en lafrente un sudor frío. Matando a uno, quedaba
desarmado ante el otro. Siles dejaba ir sin encontrar nada, se
vengarían quemándole la barraca.
Pero el que estaba en acecho se cansó de la torpeza de su
compañero yfue a ayudarle en la busca. Los dos formaban una
oscura masa obstruyendola boca del horno. Aquella era la
ocasión. ¡Alma, Sènto! ¡Aprieta elgatillo!
El trueno conmovió toda la huerta, despertando una tempestad
de gritos yladridos. Sènto vio un abanico de chispas, sintió
quemaduras en la cara;la escopeta se le fue y agitó las manos
para convencerse de que estabanenteras. De seguro que el amigo
había reventado.
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