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La Condenada (Cuentos)

temblaba como una vieja diligencia.Balanceábame sobre la
espalda, impulsado por el terrible traqueteo; lasfranjas de los
almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas sobrelas
cornisas de red; temblaban los cristales en sus alvéolos de
lasventanillas, y un espantoso rechinar de hierro viejo venía de
abajo. Lasruedas y frenos gruñían; pero conforme se cerraban
mis ojos, encontrabayo en su ruido nuevas modulaciones, y tan
pronto me creía mecido por lasolas como me imaginaba que
había retrocedido hasta la niñez y mearrullaba una nodriza de
bronca voz.
Pensando en tales tonterías me dormí, oyendo siempre el
mismo estrépitoy sin que el tren se detuviera.
Una impresión de frescura me despertó. Sentí en la cara como
un golpe deagua fría. Al abrir los ojos vi el departamento solo;
la portezuela deenfrente estaba cerrada. Pero sentí de nuevo el
soplo frío de la noche,aumentado por el huracán que levantaba
el tren con su rápida marcha, yal incorporarme vi la otra
portezuela, la inmediata a mí, completamenteabierta, con un
hombre sentado al borde de la plataforma, los piesafuera en el
estribo, encogido, con la cabeza vuelta hacia mí y unosojos que
brillaban mucho en su cara oscura.
La sorpresa no me permitía pensar. Mis ideas estaban aún
embrolladas porel sueño. En el primer momento sentí cierto
terror supersticioso. Aquelhombre que se aparecía estando el
tren en marcha, tenía algo de losfantasmas de mis cuentos de
niño.
Pero inmediatamente recordé los asaltos en las vías férreas, los
robosde los trenes, los asesinatos en un vagón, todos los
crímenes de estaclase que había leído, y pensé que estaba solo,
sin un mal timbre paraavisar a los que dormían al otro lado de
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