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La Condenada (Cuentos)

la palmera, que laprotegía con la sombra de sus punzantes
ramas.
Allí pasó el verano, viendo cómo el sol, que no la calentaba,
hacíahumear la tierra, cual si de sus entrañas fuese a sacar un
volcán; allíla sorprendieron los primeros vientos de otoño, que
arrastraban lashojas secas. Cada vez estaba más delgada, más
triste, con una finura talde percepción, que oía los sonidos más
lejanos. Las mariposas blancasque revoloteaban en torno de su
cabeza pegaban las alas en el sudor fríode su frente, como si
quisieran tirar de ella arrastrándola a otrosmundos donde las
flores nacen espontáneamente, sin llevarse en suscolores y
perfumes algo de la vida de quien las cuida.
Las lluvias de invierno no encontraron ya a la Borda. Cayeron
sobre elencorvado espinazo del viejo, que estaba, como siempre,
con la azada enlas manos y la vista en el surco.
Cumplía su destino con la indiferencia y el valor de un
disciplinadosoldado de la miseria. Trabajar, trabajar mucho,
para que no faltase lacazuela de arroz y la paga al amo.
Estaba solo; la chica había seguido a su madre; lo único que le
quedabaera aquella tierra traidora que se chupaba a las personas
y acabaría conél, cubierta siempre de flores, perfumada y
fecunda, como si sobre ellano hubiese soplado la muerte. Ni
siquiera se había secado un rosal paraacompañar a la pobre
Borda en su viaje.
Con sus setenta años tenía que hacer el trabajo de dos; removía
latierra con más tenacidad que antes, sin levantar la cabeza,
insensible ala engañosa belleza que le rodeaba, sabiendo que era
el producto de suesclavitud, animado únicamente por el deseo
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