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La Condenada (Cuentos)

losbancales, trayendo a brazadas los claveles y rosas, que los
embaladoresiban colocando en cestos.
Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra. Había que
estarsiempre sobre ella, tratándola como bestia reacia que
necesita dellátigo para marchar. Era una parcela de un vasto
jardín, en otro tiempode los frailes, que la desamortización
revolucionaria había subdivido.La ciudad, ensanchándose,
amenazaba tragarse al huerto con sudesbordamiento de casas, y
el tío Tòfol, a pesar de hablar mal de susterruños, temblaba ante
la idea de que la codicia tentase al dueño y losvendiese como
solares.
Allí estaba su sangre; sesenta años de trabajo. No había un
pedazo detierra inactiva, y aunque el huerto era pequeño, desde
el centro no seveían las tapias, tal era la maraña de árboles y
plantas: nispereros ymagnolieros, bancales de claveles,
bosquecillos de rosales, tupidasenredaderas de pasionarias y
jazmines; todo cosas útiles que dabandinero y eran apreciadas
por los tontos de la ciudad.
El viejo, insensible a las bellezas de su huerto, sólo ansiaba
lacantidad. Quería segar, las flores en gavillas, como si fuesen
hierba;cargar carros enteros de frutas delicadas; y este anhelo de
viejo avaroe insaciable martirizaba a la pobre Borda, que,
apenas descansaba unmomento, vencida por la tos, oía amenazas
o recibía como brutaladvertencia un terronazo en los hombros.
Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban. Estaba
matando a lachica; cada vez tosía más. Pero el viejo contestaba
siempre lo mismo.Había que trabajar mucho; el amo no atendía
razones en San Juan y enNavidad, cuando correspondía
entregarle las pagas del arrendamiento. Sila chica tosía era por
vicio, pues no la faltaban su libra de pan y surinconcito en la
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