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La Catedral

—Tiene unas ideas del demonio, Esteban—dijo el sacerdote—, y lasexpone en esta santa casa
con la mayor tranquilidad, como si estuvieraen uno de esos clubs infernales que hay en los
países extranjeros.¿Dónde ha estado tu hermano para aprender tales cosas? Jamás había
oídoherejías tan enormes.... Dile que lo olvido todo porque le conocí depequeño, porque
recuerdo que fue la gloria de nuestro Seminario, yespecialmente porque está enfermo y sería
inhumano hacerle salir de lacatedral. Pero que no se repita el escándalo. ¡Chitón! Que se
guardetodas esas monstruosidades en la cabeza, si es que tiene gusto en perdersu alma. Pero en
esta santa casa, y sobre todo delante del personal, niuna palabra, ¿lo entiendes?, ni una palabra.
No faltaba más sino que enla Iglesia Primada se diesen metinges.... Además, tu hermano debe
depensar que al fin está comiendo en estos momentos el pan de la Iglesia,pues de ella vives tú
que le mantienes, y que no es muy digno después deesto hablar de la obra más sabia de Dios,
queriendo encontrarladefectos.
Esta última consideración fue la que más impresionó a Gabriel,lastimando su dignidad. Don
Antolín decía bien. Él no era más que unparásito de la catedral, y al refugiarse en su regazo le
debía gratitudy silencio. Callaría. ¿No había convenido al ocultarse allí en que habíamuerto...?
Viviría como el cadáver animado, que era para ciertas órdenesreligiosas la suprema perfección
humana. Pensaría como todos, o másbien, no pensaría: vegetaría, hasta que llegase su última
hora, como lasplantas del jardín o los hongos de los contrafuertes del claustro.
Procuró evitar todo encuentro con sus amigos y admiradores de lasClaverías. No visitó más la
habitación del zapatero, y cuando veía a loscamaradas rondar por el claustro con la intención de
meterse en la casade los Luna, dejaba sola a Sagrario, subiéndose al camaranchón delmaestro de
capilla.
Los servidores de la catedral sentábanse en torno de la máquina decoser, esperando en vano
que bajase el maestro, satisfechos, ya que nole veían, de estar cerca de él, mirando su asiento
abandonado yconversando con la muchacha, que se expresaba con ingenua admiración alhablar
de su tío. El maestro de capilla alegrábase al ver que levisitaba de nuevo Luna. Era su único
admirador. Al eclipsarse duranteuna buena temporada, el pobre artista había sufrido la amargura
de lasoledad, desesperándose con furia infantil, como si un público inmensole volviera la
espalda. Mimaba a Gabriel como si fuese la mujer amada. Apesar de su distracción, fijábase en
sus toses, recomendándole remediosfantásticos imaginados por él; se inquietaba por los
progresos de laenfermedad, temblando ante la idea de que la muerte le arrebatase suúnico
auditorio.
Iba dando a conocer a Luna toda la música que había estudiado durante suausencia. Cuando el
enfermo tosía mucho, cesaba de tocar el armónium yemprendía con su amigo largas
conversaciones, siempre sobre supreocupación eterna: el arte musical.
—Gabriel—dijo el maestro una tarde—, usted que es tan observador ysabe tanto, ¿no se ha
fijado en que España es triste y no tiene el«dulce sentimentalismo» de la verdadera poesía...? No
es melancólica, estriste, con su tristeza huraña y brutal. O ríe a carcajadas o llorarugiendo; no
tiene la sonrisa suave, la alegría inteligente quedistingue al hombre de la bestia. Si ríe, es de
dientes afuera; suinterior es siempre lóbrego, con una obscuridad de caverna, en la que seagitan
las pasiones como fieras encerradas que buscan la salida.
—Sí, dice usted bien; España es triste—contestó Luna—. Ya no vavestida de negro, con el
rosario en la empuñadura de la espada, como enotros siglos, pero por dentro sigue de luto y su
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