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La Catedral

parece poca revolución!¿Qué es lo que tú quieres?, ¿qué es lo que deseas para que esto
searregle? Suéltanos tu secreto y vámanos, que ya va picando el frío.
Y reía, mirando a Gabriel con lástima paternal, como si fuese un niño.
—¡Mi remedio!—exclamó Luna, sin hacer caso del gesto del sacerdote—.Yo no tengo
remedio alguno. Es la marcha de la humanidad la que loofrece. Todos los pueblos de la tierra
han pasado por las mismasevoluciones. Primero fueron regidos por la espada, después por la fe,
yahora por la ciencia. Nosotros hemos sido gobernados por guerreros ysacerdotes, pero nos
detuvimos en el pórtico de la vida moderna, sinfuerza ni deseo para tomar la mano de la ciencia,
que era la única quepodía guiarnos. De aquí nuestra situación triste. Ciencias son hoy
laagricultura, las industrias, las artes y los oficios, la cultura y elbienestar de los pueblos... hasta
la misma guerra. Y España vive lejosdel sol de la ciencia. Cuando más, conoce un reflejo pálido,
frío ydebilitado que le llega de países extraños. La enfermedad de la fe nosha dejado sin fuerzas;
somos como esos seres que, después de sufrir unadolencia en su juventud, quedan anémicos para
siempre, sinreconstitución posible, condenados a prematura vejez.
—¡Bah!, ¡la ciencia!—dijo el Vara de plata yendo hacia su casa—.Conozco eso. Es la eterna
música de todos los enemigos de la religión.No hay mejor ciencia que amar a Dios y sus obras.
Buenas tardes.
—Muy buenas, don Antolín. Pero no lo olvide usted; aún no hemos salidode la fe y la espada.
A ratos, nos dirige una o nos arrea la otra. Perode la ciencia, ni una palabra. Ni siquiera ha
regido España duranteveinticuatro horas.
VII
Gabriel, después de esta tarde, evitó las reuniones en el claustro parano discutir con el Vara de
plata. Estaba arrepentido de su audacia. Alquedar solo había reflexionado sobre los peligros a
que se exponíaemitiendo sus ideas con tanta libertad. Le aterraba el ser expulsado dela catedral,
corriendo de nuevo el mundo, a la ventura. Se reprendía,echándose en cara su afán de chocar con
los prejuicios del pasado. ¿Quéiba a conseguir cambiando el pensamiento de aquella pobre
gente? ¿En quépodía pesar, para la emancipación de la humanidad, la conversión deaquellos
hombres agarrados como moluscos a las piedras del pasado...?
La catedral era para Gabriel un gigantesco tumor que hinchaba laepidermis española como
rastro de antiguas enfermedades. Nada había quehacer allí. No era un músculo capaz de
desarrollo: era un absceso queaguardaba la hora de ser extirpado o de disolverse por los
gérmenesmortales que llevaba en su interior. Él había escogido como refugioaquella ruina, y
debía callar, ser prudente, para que no le echasen encara su ingratitud.
Además, su hermano Esteban, rompiendo el mutismo frío en que se habíaencerrado desde la
llegada de su hija, le aconsejaba prudencia.
Don Antolín le había llamado, relatándole a su modo la conversación conGabriel.
 
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