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La Catedral

años, no para saber, sino para adquirir un diploma, un pedazo depapel que autorice a ganarse el
pan. Se aprende lo que declama elcatedrático, sin curiosidad alguna de ir más allá. Los
profesores son ensu mayoría médicos y abogados que ejercen su carrera, van una hora todoslos
días a sentarse en la cátedra, repitiendo como un fonógrafo lo quedijeron en años anteriores, y
vuelven en seguida a sus enfermos y suspleitos, sin enterarse de lo que se escribe y se dice por el
mundodespués que ellos ganaron su puesto. La cultura española es de segundamano, puramente
exterior, «traducido del francés», y aun esto para laexigua minoría que lee, pues el resto de los
llamados intelectuales notienen otra biblioteca que los textos en que estudiaron de muchachos
yse enteran de los adelantos del pensamiento europeo... por losperiódicos. Los padres, con el
afán de asegurar cuanto antes el porvenirde sus hijos mediante una carrera, los envían a los
centros de enseñanzaapenas saben hablar. El estudiante-hombre de otros países, en toda
laplenitud de su razón, no existe aquí. Las universidades se llenan deniños; en los institutos sólo
se ven pantalones cortos. El español, alafeitarse por primera vez, es ya licenciado y va para
doctor. La nodrizaacabará por sentarse al lado del catedrático. Y esos niños que recibenel
bautismo de la ciencia a la edad en que otros países se juega altrompo, y afirmándose en el título
que pregona su ciencia ya no estudianmás, son los intelectuales que han de dirigirnos y
salvarnos, los quemañana serán legisladores y ministros. ¡Vamos, hombre, que hay parareír!
Gabriel no reía, pero el Vara de plata y los demás celebraban suspalabras. Toda crítica contra
los tiempos presentes alegraba alsacerdote.
—¡Qué demonio de hombre!—decía a Gabriel—. Tú, en tu locura, tienespara todos.
—Este país está agotado, don Antolín. Aquí nada queda en pie. Esincalificable el número de
ciudades que han desaparecido desde quecomenzó nuestra decadencia. En otros países guardan
cuidadosamente lasruinas del pasado como páginas de piedra de la Historia. Las limpian,las
conservan, las sostienen y fortifican, y abren caminos para quetodos puedan contemplarlas.
Aquí, por donde ha pasado el arte romano, elbizantino, el árabe, el mudejar, el gótico y el
Renacimiento, todas lasartes de Europa, los hierbajos y matorrales cubren las ruinas en
loscampos, ocultándolas y desfigurándolas, y la barbarie de las gentes lasmutila en las ciudades.
Se piensa a todas horas en el pasado, y sinembargo, se desprecian sus restos. ¡Qué país de sueño
y de abandona!España no es un pueblo, es un museo desordenado y polvoriento de cosasviejas
que atrae a los curiosos de Europa. En él, hasta las ruinas estánarruinadas.
Los ojos de don Martín, el cura joven, se fijaban en Gabriel. Parecíanhablarle expresando el
entusiasmo con que acogía sus palabras. Los otrosoyentes, silenciosos y cabizbajos, no
experimentaban menos el encanto deaquellas afirmaciones, que tan audaces resultaban en el
ambientereposado y rancio del claustro. Don Antolín era el único que reía,encontrando
graciosísimas, por lo disparatadas, las ideas de Gabriel.Comenzaba a atardecer. El sol había
desaparecido tras de los tejados dela catedral. La sobrina del Vara de plata volvía a llamarles
desde lapuerta de su clavería.
—Ahora vamos, muchacha—dijo el cura—. Tengo que decirle antes unarazón a este señor.
Y dirigiéndose a Luna, continuó:
Pero, ¡hombre de Dios...! (y no debía llamarte así, porque estásempecatado), tú todo lo
encuentras mal. La Iglesia española, rancia,como tú dices, ha quedado empobrecida, ¡y aún te
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