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La Catedral

pertiguero que también vivía en el claustro eran los que con másfrecuencia encontraba Gabriel
sentados en las desvencijadas silletas delzapatero, tan bajas, que podían tocar con las manos el
suelo deladrillos rojos y polvorientos.
Muchas veces, el campanero corría a la torre para hacer los toquesordinarios, pero su sitio
vacío lo ocupaba un viejo manchador del órganoy gentes de la sacristía, que subían atraídas por
lo que se hablaba deesta reunión entre el personal menudo de la Primada. El objeto de latertulia
era oír a Gabriel. El revolucionario quería callar y escuchabadistraídamente las murmuraciones
sobre la vida del culto; pero susamigos deseaban saber cosas de aquellas tierras que había
corrido, conuna curiosidad de seres encerrados y aislados del mundo. Al oírledescribir la
hermosura de París o la grandeza de Londres, abrían susojos como niños que escuchan un cuento
fantástico.
El zapatero, con la cabeza baja, sin dejar su trabajo, seguíaatentamente la relación de tantas
maravillas. Todos convenían en lomismo cuando callaba Gabriel. Aquellas ciudades eran más
hermosas queMadrid. ¡Y mire usted que Madrid...! Hasta la zapatera, de pie en unrincón,
olvidando la enfermiza prole, escuchaba a Luna con asombro,animándose su rostro con una
pálida sonrisa, asomando la mujer al travésde la bestia resignada de la miseria cuando Luna
describía el lujo delas grandes damas en el extranjero.
Todos los siervos del templo sentían removerse sus espíritus endurecidose insensibles como la
piedra de los muros ante estas evocaciones de unmundo lejano que jamás habían de ver. Los
esplendores de lacivilización moderna les conmovían más sinceramente que las bellezas delcielo
descritas en los sermones. En el ambiente agrio y polvoriento dela casucha, veían desarrollarse
con los ojos de la imaginación ciudadesfantásticas, y preguntaban candidamente sobre los
alimentos y costumbresde las gentes de por allá, como si los creyesen seres de distintaespecie.
Por las tardes, a la hora del coro, cuando trabajaba solo elzapaterillo, Gabriel, cansado de la
monotonía silenciosa de lasClaverías, bajaba al templo.
Su hermano, con manteo de lana, golilla blanca y vara larga, como unalguacil antiguo, estaba
de centinela en el crucero, para evitar que loscuriosos pasasen entre el coro y el altar mayor.
Dos cartelones de oro viejo, con letras góticas adosadas a laspilastras, anunciaban que estaba
excomulgado quien hablase en alta voz ohiciese señas en el templo. Pero esta amenaza de siglos
anteriores noimpresionaba a las escasas gentes que acudían a las vísperas y charlabantras una
pilastra con los servidores de la catedral. La luz de la tarde,filtrándose por los ventanales,
extendía sobre el pavimento grandesmanchas tornasoladas. Los sacerdotes, al pisar esta alfombra
de luz,aparecían verdes o rojos, según el color de las vidrieras. En el corocantaban los canónigos
para ellos mismos en la triste soledad deltemplo. Sonaban como detonaciones los golpes de las
cancelas alcerrarse, dejando paso a algún clérigo retrasado. En lo alto del corogangueaba el
órgano de vez en cuando, intercalándose en el canto llano;pero sonaba perezosamente, con
desmayo, por pura obligación, y parecíalamentarse de su esfuerzo en la penumbra solitaria.
Gabriel no acababa de dar la vuelta a la catedral sin que se le unierasu sobrino el perrero,
abandonando su conversación con los monaguillos ocon el mozo de recados de la secretaría del
cabildo, que tenía suasiento fijo en la puerta de la Sala Capitular.
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