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La Catedral

V
Las gentes de la Primada acogían con obstinado silencio la menor alusiónal prelado reinante.
Era costumbre tradicional en las Claverías: Gabrielrecordaba haber visto lo mismo en su
infancia.
Si se hablaba del arzobispo anterior, aquella gente, habituada a lamurmuración, como todos
los que viven en cierto aislamiento, soltaba lalengua comentando su historia y sus defectos. A
prelado muerto no habíaque temerle. Además, era un halago indirecto al arzobispo vivo y
susfavoritos hablar mal del difunto. Pero si en la conversación surgía elnombre de Su Eminencia
reinante, todos callaban, llevándose la mano a lagorra para saludar, como si el príncipe de la
Iglesia pudiese verlosdesde el inmediato palacio.
Gabriel, oyendo a sus compañeros del claustro alto, recordaba el juiciofuneral de los egipcios.
En la Primada no se decía verdad sobre losprelados, ni osaba nadie publicar sus faltas, hasta que
la muerte seapoderaba de ellos.
A lo más que se atrevían era a comentar las desavenencias entre losseñores canónigos, a llevar
la lista de los que se saludaban en el coroo se miraban entre versículo y antífona como perros
rabiosos próximos amorderse, o a hablar con asombro de cierta polémica que el Doctoral y
elObrero sostenían en los papeles católicos de Madrid, durante tres años,sobre si el Diluvio fue
universal o parcial, contestándose los artículoscon cuatro meses de plazo.
En torno de Gabriel se había formado un grupo de amigos. Le buscaban,sentían la necesidad
de su presencia, experimentaban esa atracción que,aun permaneciendo silenciosos, ejercen los
que han nacido para pastoresde hombres. Por las tardes se reunían en las habitaciones del
campanero,saliendo, cuando el tiempo era bueno, a la galería de la portada delPerdón. Por las
mañanas, la tertulia era en casa del zapatero queenseñaba los gigantones, un hombrecillo
amarillento y enfermo, coneternos dolores de cabeza que le obligaban a llevar varios
pañuelosarrollados a guisa de turbante.
Era el más pobre de las Claverías. No tenía empleo y enseñaba losgigantones sin retribución
alguna, con la esperanza de conseguir laprimera plaza que vacase, y agradeciendo mucho a los
señores del cabildoque le diesen casa gratuita, en consideración a que su mujer era hija deun
antiguo servidor de la catedral. El hedor del engrudo y de la suelahúmeda infestaba su casa con
el ambiente agrio de la miseria. Unafecundidad desesperante agravaba esta pobreza. La mujer,
flácida, tristey con grandes ojos amarillentos, presentaba todos los años un chiquitínagarrado a
sus ubres desmayadas. Por el claustro se deslizaban a lolargo de las paredes, con la melancolía
del hambre, varios chicuelos decabeza enorme y delgado cuello, siempre enfermos y sin llegar
nunca amorirse, afligidos por extrañas dolencias de la anemia, por bultos quesurgían y
desaparecían en la cara, y costras asquerosas que cubrían susmanos.
Trabajaba el zapatero para las tiendas de la ciudad, sin adelantar grancosa. Desde que salía el
sol sonaba su martillo en el silencio delclaustro. Esta manifestación única del trabajo profano
atraía a todoslos desocupados a la habitación mísera y maloliente. Mariano, el Tatoy un
 
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